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domingo, 22 de febrero de 2015

¿La racista soy yo?

Por Jessica Cueto

 Cada vez más perturbada con todas las desigualdades que observo y vivo, camino buscando más razones para sentirme lo que soy, y enorgullecerme de ello, caminar con la frente en alto, siendo negra, siendo mujer. Pero nunca falta la persona que se incomoda, que se perturba, no por las desigualdades, sino por las igualdades. Y hasta saltan con la bandera de “auto-racismo”, un concepto que a duras penas entiendo, y se supone ser una especie de auto exclusión de los negros, es decir no hay racismo ahí afuera, es pura imaginación, y los verdaderamente racistas, somos nosotros, al defender y promover nuestras raíces, nuestra negritud.
Así que imagino si la cosa fuera al contario… ¿Cómo se vería? Imagínenselo…
Una chica de rasgos caucásicos, justificando el comportamiento de su cabello… -Es que no se levanta, el crece hacia abajo…- O explicando en tono jactancioso, que sus labios gruesos se deben a que su tataratatara abuelo era originario de Guinea Ecuatorial.
Zutana diciéndote lo lindo que será Fulano por sus rasgos afro, a pesar de su blanca piel. Mientras en vulgar actitud comenta lo bien “dotado” que debe estar Perencejo, solo porque es blanco.
Un autobús lleno de gente, que comienza a bajarse por el “sospecho” aspecto de dos jóvenes blancos.
O una disputa laboral por el despido injustificado de una persona de rasgos caucásicos, por el aspecto “poco profesional” de su cabello natural…
El hecho de que estas situaciones sean exclusivas de negros deja en evidencia el problema racial que vive nuestra sociedad.
El racismo no es una manera de ver las cosas, no es un fantasma ni creación de los mismos afro/negros, el racismo es una realidad que nos golpea la cara todos los días, es el prejuicio, el maltrato, la vergüenza, y el conformismo… Es el desprecio a la diversidad de la que somos parte como latinoamericanos, y que por siglos nos han hecho renegar.
Levantar la voz en lugar de hacernos observadores inertes de las desigualdades, dejándonos cargar en el carril del racismo y endoracismo, no es resentimiento, y mucho menos “auto-racismo”, es hacer visible lo incorrecto y actuar acorde con lo que somos en realidad.
Por último debo aclarar que no existe endoracismo sin racismo. Si una persona no es discriminada por su raza, nunca se sentirá menos como para renegar de sus orígenes.

Fuente de imagen: symonsez.wordpress.com

lunes, 29 de septiembre de 2014

Cuando la violencia es el mestizaje

Por Esther Pineda
Publicado originalmente en http://estherpinedag.com/


A propósito de las discusiones generadas a partir del 12 de octubre y la politización de las nominaciones atribuidas a esta fecha, se hace necesaria la reflexión sobre algunos elementos. La idea del mestizaje en América Latina y más específicamente en nuestro país se introdujo y constituyó como un instrumento invisibilizador del extermino genocida ejercido por los europeos en contra de las civilizaciones de nuestra América.
Si bien es cierto que nuestra población se constituye de mestizos (vale acotar que fundamentalmente en los sectores más desposeídos, pues sin duda las auto reconocidas como élites se han cuidado lo suficiente de manchar “su pureza racial”) éste es y fue un mestizaje violento, violentado y violentador; específicamente violentador de las mujeres, indígenas y africanas constituidas en objeto de placer del hombre blanco colonizador.
El 12 de octubre de 1492 se constituye como el momento histórico clave en el cual podemos reconocer el inicio de la expoliación de nuestros recursos, el desplazamiento de nuestras culturas originarias y de la aún ejercida violencia contra nuestros pueblos, pero más aún hacia nuestras mujeres, las cuales continúan arrastrando la secuelas de esa violencia, al seguir siendo las mujeres indígenas y afrodescendientes las más excluidas y violentadas.
Si bien en éstas denominadas sociedades “modernas”, la discriminación exclusión, subordinación y violencia, ha proliferado y extendido, manifestándose en diversas formas, no solo en favores sexuales obtenidos a través de la intimidación, la fuerza y el irrespeto a la voluntad, sino por el contrario en su materialización en prácticas socioculturales y políticas que marginalizaron y profundizaron las precarias y deshumanizantes condiciones de existencia de la mujer, comprendida y definida como diferente e inferior por el colono hombre, blanco, heterosexual, poseedor de riquezas y cristiano.
Es por ello que la pobreza y la inequidad tienen nombre de mujer, para ser más específica, de mujer indígena y de mujer afrodescendiente. En todas las sociedades en donde impera la pobreza, sus mayores exponentes son las mujeres, sin embargo esta pobreza feminizada ha de tener como agravante indudablemente su pertenencia étnica-racial. Si a esto añadimos y reconocemos a las mujeres afrodescendientes e indígenas sexo diversas (lesbianas, bisexuales, transexuales) y obreras, las posibilidades de emancipación, participación y decisión habrán de verse más constrictas.
En el caso de los derechos sexuales y reproductivos, por mencionar una de las tantas aristas de la discriminación, las mujeres indígenas y afrodescendientes tienen mayor riesgo de morir producto del aborto o interrupción voluntaria del embarazo, al haberse constituido éste en privilegio exclusivo de los grupos dominantes, es decir de aquellas mujeres blancas o eurodescendientes con acceso a los recursos económicos.
No basta entonces para erradicar el racismo y la desigualdad por razones de género con el reconocimiento nominal e icnográfico, la burda exposición y exhibición de estos pueblos y mujeres históricamente invisibilizados(as), sin modificar la estructura organizacional de la sociedad en pro del reconocimiento e inclusión participativa; la diferencia necesariamente debe traducirse en oportunidad, en visibilización, en participación, indistintamente de la posición desde la cual comprendamos aquellos hechos del 12 de octubre que aún marcan el destino de nosotras como mujeres.
El reto de nuestras instituciones ha de ser la búsqueda de superación de la discriminación excluyente y los tradicionales criterios asistencialistas del estado burgués caritativista, la sociedad demanda su sustitución por políticas afirmativas, en donde las mujeres se definan como hacedoras de sus realidades y soluciones, mediante el apoyo de un estado y un complejo institucional consolidado como apoyo, acompañante, y creador de condiciones, que en consecuencia permitan la vindicación, protagonismo y participación de las oprimidas, lo cual solo puede lograrse mediante la descolonización, despatriarcalización, descapitalización y desracialización de las relaciones social y del estado.